La página de humo

Es una ventana entrañable
Abierta a la distancia y sus mugidos
Cacería de hadas.
Botas de soldado que parlan deslenguadas
A la tierra y cantan a sus muertos.
La pulsión original.
Ese arar el mar con alegría
Cuando las constelaciones eran lavanderas
En una terraza para fumar.
Los libros y los amigos.
La soledad última.
Como si faltara algo que está ahí:
Aquí,
Entre mi camisa y el corazón,
En algún lado
los inmortales ríen,
La pequeña ciudad y sus zaguanes
donde acecha el viento:
enconado,
resentido como un mar de invierno.
Tiempo en estado puro,
Estas baldosas de cemento verde.
Reloj de sal.
Las ruedas pasaron sobre el cráneo,
Tracatac.
¡Ha muerto el pequeño Burbano!
Almita de niño tras la cal del muro
Me susurra sus canciones.
Tengo la delicadeza de una hermana
Y no hago frente a la desdicha,
Solo me visto de sangre,
Me siento ante la bestia sonámbula
Y escribo,
Escribo como si me fuera la vida en ello.
Tracatac.
Tracatac.
Un día más, una tarde más…
Una transformación más,
Un cambio de alma
No de piel.
De huesos.
Pero los ojos del niño siguen aquí
Como dos últimas estrellas en la carne.

Corriente alterna

Insaciables,
Con un procesador de 1400 gramos
Y 12 vatios
En el cráneo,
En un campo estático,
Vibramos.
Somos.
Pensamos.
Pequeñas bestias hertzianas,
Con la lengua imantada
Y dientes de platino
Atamos los dos polos.
Divino, el espacio.
Nunca me harto de las ciudades vacías
que en la madrugada zozobran.
Luego lloran los semáforos.
¡Qué marcha turca, queridos hermanos!
¡Qué tracatác!
Máquinas asesinas.
—Siempre matamos—
Adoro la sangre derramada entre mis piernas
Y las cosas que crujen
En mi boca.
¡Más carga, compañero!
Corona de chispas en las babas del loco,
Podredumbre de luz,
Ven a mí con la noche y los letreros de neón,
Deslízate en mis uñas
En mi glande
En mi retina
Con la estupidez de los hombres,
Con la ternura de una hija.
Te tengo, pero no me enciendo.
Te abrazo, pero me hiere tu letanía.
Tigre blanco de los poemas,
Amada muñeca sin brazos,
No me desampares ni de noche ni de día.
Este es el inicio del fin.
El ser es una bola de hormigas minuciosas
En el sueño de un soldado
Cuyas manos son devoradas por los muertos.

Introducción a la poesía

Alguna vez fui pequeño y estuve en un armario.
Me confeccioné una historia tan triste
Como un traje a medida para un viudo.
Me conté la escena del niño
Que no se dejó engañar con un juguete,
Y la del adolescente cuya madre ascendía cada noche
Por un acantilado.
(Entre los restos del avión suele hallarse
Una caja blindada con la ruta de vuelo.
¿Cómo encontrar la mía
Entre los restos de mi infancia?)
Llegó a ser mi orgullo y animal magnífico,
Mi pena.
Su piel llagada temblaba bajo las caricias de mi mano
Cuando la exhibía en una cantina.
(Al fondo de la botella el gusano alzaba sus antenas telepáticas).
Y aunque un par de veces
Forasteros me tendieron
La mano y encendieron mi esperanza,
La soledad
Me sepultó de nuevo en las aceras
Pobladas por adictos trasnochados y engañifas.
Algodón de azufre,
Muñeca transexual de ibuprofeno fue la luna.
¡Tantas veces recité el mito del niño herido
A esa ralea,
Que no vi llegar el cambio!
¿En qué momento empecé yo a ser
El forastero mágico?
(Pirata que lanza la cuerda desde un barco
A un hombre en la mitad del mar.
Sonrisa que cose.
Centauro.
Ungüento zen.
Balada medicinal que se prodiga).
Ahora sé que esa vieja historia fue
Mi dogma.
Ya no la deseo conmigo.
Prefiero recordar este momento
Al niño pájaro,
Cuando reía levantado en vuelo
Por su maestro de Gramática,
O al explorador de cuevas con silbato
Y una caja de estampillas.
Al águila que danza.
Al que canta fosforescencias.
Al creyente.
Al hombre que cae por la quebrada de los brujos
Y se detiene a un palmo del agua.
No más quejas.
Estos poemas son un brazo de oro en la niebla,
Una señal,
Un ojo de lluvia que te encuentra.
Úsalos como se usa la rama de un árbol
Cuando te sientas en ella
A contemplar el fabuloso río.

Plegaria de las salamandras

Acaricia mi alma,
Madre Eterna.
Acúname en tu seno como una nube
Y regálame la risa del idiota.
Haz de mi sangre un ramo de dalias moribundas
Para el trance.
Luego besa mi frente infantil.
Aquí estoy:
Soy un arbusto en el silencio.
Siempre fue así,
Pero hoy lo sé:
Nacemos desnudos a un grito del sol
Y la rosa
Y el terror son uno.
Por eso he deambulado tanto tiempo
Hasta escuchar susurros bajo el césped.
(Yo los escucho y los acato).
¿De verdad pensé alguna vez
Que su canción iba a salvarme?
(Yo la escucho y me someto)
Golpea con fuerza,
Padre Eterno,
Quiébrame en tus manos como una vara.
Aquí estoy.
Arráncame la voz.
Hunde en mi plexo tu espada
De metano
Y clava mis penas en el mástil más alto.
Luego siémbrame en la paz,
En el pensamiento naranja del desierto
Y mira,
Mira como vuelvo,
Como nazco de una piedra,
Mitad odio, mitad agua.

Lo cierto y lo posible

Porque pude haber sido un niño palestino
Caminando hacia el cadáver de su hermana entre los escombros,
O haber nacido mi vecino,
Que se alegra de lavar su auto y alquilar cuartos.
Porque pude haber sido mi hermano y mi hermano haber sido yo.
Porque pudiste haber nacido pobre.
Porque pudiste haber sido aquel diplomático que colecciona armas
O el dentista de huesudas manos que posó para Otto Dix.
Porque pude ser el soldado que clavó
Los pies de Jesús en Galilea
O el jardinero de Luis Quince,
Que mira las retamas con geométrica pasión.
Porque pudiste haber sido yo
Y yo pude haber sido tú, aunque te ignoro.
Porque pudiste (y esto sí se te ha pasado por la mente)
Haber sido ese cuerpo desnudo en la crónica policial
Con la camiseta envolviendo su cabeza.
Porque pudiste marcharte de un mal rato y no lo hiciste,
Porque pudiste haberlo hecho
Y sido otra persona desde entonces.
Porque me tocó ser ese hombre aprisionado en esos músculos,
Mirando desde el interior del cráneo
Y a quien llaman por un nombre cualquiera
(y yo respondo, y me doy la vuelta con esos ojos
Que por un rato son de niño).
Porque escribirán en mi lápida ese nombre
Y dirán que fui aquel cuerpo vencido
Por un peso incierto.
Porque todo esto es un azar y no tiene regreso.
Porque pronto cerraré mis ojos
O quedarán abiertos sin remedio.
Porque a ciencia cierta el tiempo cesará,
Y la inexistencia cubrirá mi cuerpo con un manto piadoso,
Cual agua diamantina,
Cual licor amnésico,
Cual eternidad magnética.
 
Y sin embargo los perros caminan hacia la roja saliva
Y las desnudas puertas del mar tienen estatuas
Que los hombres no pueden reconocer,
Templos de odio donde las criaturas se deslizan
Entre las ingles de una diosa.
Tus pies sienten lo suave del mundo
Y te sumergen en su vaivén de mecanismo,
Hasta palpar con tu boca el fruto dulce de lo tibio,
Las criaturas muertas que se calcinan.
Y tomas del sol un deseo antiguo y gesticulas,
Corres, besas, sujetas.
Y dices: “Yo”
Y dices: “Somos”
Frente a tu sombra,
Que te transforma en un fantasma de ópera
Cubierto por un manto de aves
Que se dispersan.
Como si fueras otro
(como si fueras muchos)
Frente al agua incierta de los sueños.

El aprendiz

Dijo el mirlo, todavía, todavía más:
Todavía el sol besa mis manos
como un pez de dicha.
Todavía mi sombra crece
con su rumor de hormigas.
Todavía sonríen y exclaman:
Mira,
ese es el tipo que volvió de la luna caminando,
con un nido de arañas en la cara.
Yo me siento frente al espejo y digo:
Todavía las palabras,
todavía la sonrisa falsa,
el miedo escabullido
(Ese perro golpeado por su amo
que baja el trasero y retrocede).
Desde el corredor resuenan los pasos que amo
y que anuncian la muerte.
(Todavía el deseo, todavía la falta).
Todavía el cincelador de abismos
que despierta
con las manos enfangadas
y pregunta:
¿Hasta cuándo los lagartos del tumbado?
Pero el río responde con su atronador silencio
y me condena al misterio.
Cállate ya, filósofo, y escucha.
Y si puedes, baila,
dijo el mirlo:
todavía, todavía más.

Canción para el final

Una vez que la maquinaria hunde sus sueños
en la tierra ensangrentada,
no nos queda más remedio que
vagar entre hologramas
de Shakespeare, Dalai Lama y Lady Gaga.

Calavera de titanio entre los dedos de un lunático.
Hamlet anciano en el último acto,
cuando la serpiente es
un laúd enmascarado
y los cementerios
despiden a sus huestes sin contrato.

Este es el ansiado día del juicio
y es político.
Arrojo mi malhumor en una bandada de palabras
indisciplinadas,
turbias,
congeladas,
para que las recojan los niños del futuro.

Ellos sabrán jugar con
el inventario tardío de la creación.
Con sus fauces eléctricas
y su deseo rojo,
rojo,
violarán a la muerte hasta saciarse
y sacarán de sus entrañas
el diamante enfermo de la madrugada.

Piedra sin alquimia,
pájaro vertical.
Echémonos un puñado de ceniza en el cráneo
y continuemos.
Somos la procesión eterna de lo mismo.
Un idiota baila detrás nuestro
con el pene ensangrentado
y un gorro de avispas sobre la cabeza.
(Sus deseos serán nuestra última bendición
cuando el último bosque cierre
sus manos largas
largas
sobre nuestras pobres ánimas).

This is the end, beautiful friend, the end…
El fin de las iglesias,
el fin de las revoluciones
y los cantantes
que agitaban la imprudente pandereta.
Este es el fin, querido hermano.
Este es el fin, coleccionista de latidos.
Sólo es hermosa la serenidad de los frigoríficos.

Prisión astral

Me levanto en mi cuarto,
pero no es un cuarto.
¿Qué significa mío?
Me baño sin ser “yo” el que se baña.
El agua es un río de manos blandas,
y no puede asir.
Mi boca es un animal extraño
perfumado por el abismo de las vísceras.
Mastico a otras criaturas con estúpida elegancia
y luego las defeco
en un sillón de cerámica,
conectado a las arterias del penal.
(¿Dije penal?).
Por las líneas de la estructura fluye
el mismo fantasma telepático.
(Las pantallas reproducen lo que deseamos ver).
Voy por la calle y saludo a los demás
ciudadanos,
pero no les digo “angheos”.
Se llaman cosas como “Patricio”, “Antonia”, “Celeste”.
Los nombres antiguos se perdieron:
la colonia se llama ahora “planeta”.
Preferiría volver a los días de los vigilantes
(¡magníficos, ellos, con sus tentáculos eléctricos!)
cuando éramos criados
para alimentar a las bellísimas señoras de Orión.
Pero no estoy solo:
el otro día vi a un mendigo
meterse el brazo por la garganta buscando
al hombrecito que habla desde dentro.
Lo sacó de los pelos y lo sacudió sobre una alcantarilla
mientras los autos pasaban veloces
por el túnel.

El viaje de la oruga

Pensar que estuve ahí.
Pensar que besé el arma criminal
Y traicioné la lealtad de las golondrinas.
Pensar que taladré el silencio de los muertos
Con gruñidos
Y puse un faro en el borde de la sangre,
Para mirar cómo danzan los ahogados.
Pensar que fui ruin y miserable,
Que engañé a un santo
Y escondí las uñas de mi víctima en una cajita
Que observaba debajo de las sábanas.
Pensar que fui un idiota
Y me corté la oreja en un cuarto pestilente.
Pensar que arrojé un anillo a una fuente
Para detener a Dios.
Pensar que yo fui igual a ese hombre
Que se incendia en una hoguera de lenguas envenenadas.
Pensar que huí de mis actos
Como una serpiente rastrera
Y dije, del sol, abismo,
y del abismo almohada de los locos.
Pensar que lloré en la madrugada
Buscando el elixir que no da resaca.
Pensar que viví sin rumbo
Hablando más de la cuenta y desprestigiando
A los que piensan derecho.
Pensar que me torturé con la memoria
De estas infamias.
Que me embriagué de culpa.
Pensar que amé
Y recibí la dádiva de un beso.
Pensar que sobreviví y miré
Las bellas figuras de los sueños
Cuando el arte era una esfinge con pecho de mujer.
Pensar que sobreviví como un fantasma
De mala muerte
Bajo el cielo de los teatros.
Pensar que sostuve a otros con mi debilidad
Y les regalé la piedra de la inspiración.
Pensar que los avergoncé
Y que les fallé de nuevo.
Pensar que decapité al rey infantil y sembré sus ojos
En los ojos de un leopardo.
Pensar que di cuerda al pájaro del alba
Y pensar,
Sí,
Pensar que se abrió la vida de un diamante
Ante la felicidad de mis lágrimas.
Pensar que fui dios jugando a ser hombre
Frente a una hoja en blanco.
Pensar que fui feliz y fui sabio.
Pensar que dancé en la primavera del mundo
Y canté rojo,
Canté azul,
Canté naranja
Y ámbar de Macedonia.
Pensar que soy una golondrina disparada en un grito celeste.
Un ángel que se despulga las alas.
Un mamífero que ruge castillos en la nada.
Pensar que estoy de pie.
Pensar que estoy muerto.
Pensar que tengo una flor de fuego en el corazón
Y otra en el sexo.
Pensar que la vida me ensalza y me eleva como la champaña.
Pensar que soy.
Que vivo.
Como un león, por así decirlo,
Como un león en el sueño de un alquimista.

Zapatos para el fin del mundo

¿Así que la suma del tiempo —mi tiempo— es igual
a esta cantidad de zapatos?

Me pregunto esto bajo la luna.
 
Sobre el patio está el montículo de todos los zapatos
que fueron míos:
algunos, más recientes, los reconozco de inmediato.
Otros no.

Los hay retorcidos y extraños,
de moda pasada, que me avergüenzan,
y otros que muestran una época de mi vida
que logré olvidar.
 
Entre todos ellos,
algunos de infancia me conmueven.

Absurdamente abrazo un par de zapatos de niño:
de cuero, pulidos, casi sin usar,
esos que sólo servían para las ceremonias cívicas remotas,
donde se enjaulaban almas en la luz del día.

Todo inútil, me digo: todo este tiempo perdido.
 
Y, sin embargo,
defiendo cada aliento de mi pecho,
y quiero postergar mi muerte,
hasta resolver la pregunta.

(Ya no recuerdo la pregunta).
 
Cuando defiendo mi vida,
no defiendo causa alguna, ni propósito,
sino la posibilidad de usar más zapatos,
algunos pares más, pienso.

Entonces corro hacia mi armario y los veo:
callados, encerrados en su quimérica servidumbre.
perfectamente resentidos,
como yo.