Era una isla infestada por las hadas.
Un reglamento diseñado por un filósofo
Con gorro de aviador.
Una promesa.
Un canon de belleza para árboles.
Una posibilidad.
El absoluto en las dendritas de un pez.
Una tristeza de sábado
Con colegiales malévolos y ratas en el río.
Todo o nada.
César o nada.
Rimbaud y Lennon entre las flores nocturnas.
Era yo sin mí.
Era bello y era tonto.
Soñando con la cintura de las hespérides
Cuando jalan el barco de diamante del mediodía.
Caminando entre el ataúd de mi abuelo
Y el parto de mi alma.
Era una cornisa con murciélagos
Y un pasamontañas
Para contrabandistas interplanetarios.
Un libro de Verne y otro de Kafka.
Un deseo sin fondo.
Una moneda bajo el agua.
Lo que podría ser (y tal vez fue).
Era un niño sometido a mutaciones incalculables
Y un cuento de Borges
Cuyas frases imitaban un cristal
Entre los dedos de Swedemborg.
Era lo que sueña y lo soñado.
La rosa de sal y el cuchillo en las entrañas del pez.
Era lo que fui, lo que soy.
Los ojos que despliegan una cartografía
Y los dedos que escriben
Esta página.
Este niño anciano que mira al sol
Desde el fondo de su calma,
Con su ración de muerte y sus costumbres
Que mañana serán las de un fantasma.
Era lo que será y lo que soy.
Lo que pronto seré.
Este pedazo de ninfa entre las patas de un dios salvaje.
Esta herida que canta.
Este misterio.
Esta pradera de apaches que cercenan
La lengua de un arcángel.

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