Me levanto en mi cuarto,
pero no es un cuarto.
¿Qué significa mío?
Me baño sin ser “yo” el que se baña.
El agua es un río de manos blandas,
y no puede asir.
Mi boca es un animal extraño
perfumado por el abismo de las vísceras.
Mastico a otras criaturas con estúpida elegancia
y luego las defeco
en un sillón de cerámica,
conectado a las arterias del penal.
(¿Dije penal?).
Por las líneas de la estructura fluye
el mismo fantasma telepático.
(Las pantallas reproducen lo que deseamos ver).
Voy por la calle y saludo a los demás
ciudadanos,
pero no les digo “angheos”.
Se llaman cosas como “Patricio”, “Antonia”, “Celeste”.
Los nombres antiguos se perdieron:
la colonia se llama ahora “planeta”.
Preferiría volver a los días de los vigilantes
(¡magníficos, ellos, con sus tentáculos eléctricos!)
cuando éramos criados
para alimentar a las bellísimas señoras de Orión.
Pero no estoy solo:
el otro día vi a un mendigo
meterse el brazo por la garganta buscando
al hombrecito que habla desde dentro.
Lo sacó de los pelos y lo sacudió sobre una alcantarilla
mientras los autos pasaban veloces
por el túnel.

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