¿Así que la suma del tiempo —mi tiempo— es igual
a esta cantidad de zapatos?

Me pregunto esto bajo la luna.
 
Sobre el patio está el montículo de todos los zapatos
que fueron míos:
algunos, más recientes, los reconozco de inmediato.
Otros no.

Los hay retorcidos y extraños,
de moda pasada, que me avergüenzan,
y otros que muestran una época de mi vida
que logré olvidar.
 
Entre todos ellos,
algunos de infancia me conmueven.

Absurdamente abrazo un par de zapatos de niño:
de cuero, pulidos, casi sin usar,
esos que sólo servían para las ceremonias cívicas remotas,
donde se enjaulaban almas en la luz del día.

Todo inútil, me digo: todo este tiempo perdido.
 
Y, sin embargo,
defiendo cada aliento de mi pecho,
y quiero postergar mi muerte,
hasta resolver la pregunta.

(Ya no recuerdo la pregunta).
 
Cuando defiendo mi vida,
no defiendo causa alguna, ni propósito,
sino la posibilidad de usar más zapatos,
algunos pares más, pienso.

Entonces corro hacia mi armario y los veo:
callados, encerrados en su quimérica servidumbre.
perfectamente resentidos,
como yo.

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