Canción para el final

Una vez que la maquinaria hunde sus sueños
en la tierra ensangrentada,
no nos queda más remedio que
vagar entre hologramas
de Shakespeare, Dalai Lama y Lady Gaga.

Calavera de titanio entre los dedos de un lunático.
Hamlet anciano en el último acto,
cuando la serpiente es
un laúd enmascarado
y los cementerios
despiden a sus huestes sin contrato.

Este es el ansiado día del juicio
y es político.
Arrojo mi malhumor en una bandada de palabras
indisciplinadas,
turbias,
congeladas,
para que las recojan los niños del futuro.

Ellos sabrán jugar con
el inventario tardío de la creación.
Con sus fauces eléctricas
y su deseo rojo,
rojo,
violarán a la muerte hasta saciarse
y sacarán de sus entrañas
el diamante enfermo de la madrugada.

Piedra sin alquimia,
pájaro vertical.
Echémonos un puñado de ceniza en el cráneo
y continuemos.
Somos la procesión eterna de lo mismo.
Un idiota baila detrás nuestro
con el pene ensangrentado
y un gorro de avispas sobre la cabeza.
(Sus deseos serán nuestra última bendición
cuando el último bosque cierre
sus manos largas
largas
sobre nuestras pobres ánimas).

This is the end, beautiful friend, the end…
El fin de las iglesias,
el fin de las revoluciones
y los cantantes
que agitaban la imprudente pandereta.
Este es el fin, querido hermano.
Este es el fin, coleccionista de latidos.
Sólo es hermosa la serenidad de los frigoríficos.

Prisión astral

Me levanto en mi cuarto,
pero no es un cuarto.
¿Qué significa mío?
Me baño sin ser “yo” el que se baña.
El agua es un río de manos blandas,
y no puede asir.
Mi boca es un animal extraño
perfumado por el abismo de las vísceras.
Mastico a otras criaturas con estúpida elegancia
y luego las defeco
en un sillón de cerámica,
conectado a las arterias del penal.
(¿Dije penal?).
Por las líneas de la estructura fluye
el mismo fantasma telepático.
(Las pantallas reproducen lo que deseamos ver).
Voy por la calle y saludo a los demás
ciudadanos,
pero no les digo “angheos”.
Se llaman cosas como “Patricio”, “Antonia”, “Celeste”.
Los nombres antiguos se perdieron:
la colonia se llama ahora “planeta”.
Preferiría volver a los días de los vigilantes
(¡magníficos, ellos, con sus tentáculos eléctricos!)
cuando éramos criados
para alimentar a las bellísimas señoras de Orión.
Pero no estoy solo:
el otro día vi a un mendigo
meterse el brazo por la garganta buscando
al hombrecito que habla desde dentro.
Lo sacó de los pelos y lo sacudió sobre una alcantarilla
mientras los autos pasaban veloces
por el túnel.

El viaje de la oruga

Pensar que estuve ahí.
Pensar que besé el arma criminal
Y traicioné la lealtad de las golondrinas.
Pensar que taladré el silencio de los muertos
Con gruñidos
Y puse un faro en el borde de la sangre,
Para mirar cómo danzan los ahogados.
Pensar que fui ruin y miserable,
Que engañé a un santo
Y escondí las uñas de mi víctima en una cajita
Que observaba debajo de las sábanas.
Pensar que fui un idiota
Y me corté la oreja en un cuarto pestilente.
Pensar que arrojé un anillo a una fuente
Para detener a Dios.
Pensar que yo fui igual a ese hombre
Que se incendia en una hoguera de lenguas envenenadas.
Pensar que huí de mis actos
Como una serpiente rastrera
Y dije, del sol, abismo,
y del abismo almohada de los locos.
Pensar que lloré en la madrugada
Buscando el elixir que no da resaca.
Pensar que viví sin rumbo
Hablando más de la cuenta y desprestigiando
A los que piensan derecho.
Pensar que me torturé con la memoria
De estas infamias.
Que me embriagué de culpa.
Pensar que amé
Y recibí la dádiva de un beso.
Pensar que sobreviví y miré
Las bellas figuras de los sueños
Cuando el arte era una esfinge con pecho de mujer.
Pensar que sobreviví como un fantasma
De mala muerte
Bajo el cielo de los teatros.
Pensar que sostuve a otros con mi debilidad
Y les regalé la piedra de la inspiración.
Pensar que los avergoncé
Y que les fallé de nuevo.
Pensar que decapité al rey infantil y sembré sus ojos
En los ojos de un leopardo.
Pensar que di cuerda al pájaro del alba
Y pensar,
Sí,
Pensar que se abrió la vida de un diamante
Ante la felicidad de mis lágrimas.
Pensar que fui dios jugando a ser hombre
Frente a una hoja en blanco.
Pensar que fui feliz y fui sabio.
Pensar que dancé en la primavera del mundo
Y canté rojo,
Canté azul,
Canté naranja
Y ámbar de Macedonia.
Pensar que soy una golondrina disparada en un grito celeste.
Un ángel que se despulga las alas.
Un mamífero que ruge castillos en la nada.
Pensar que estoy de pie.
Pensar que estoy muerto.
Pensar que tengo una flor de fuego en el corazón
Y otra en el sexo.
Pensar que la vida me ensalza y me eleva como la champaña.
Pensar que soy.
Que vivo.
Como un león, por así decirlo,
Como un león en el sueño de un alquimista.

Zapatos para el fin del mundo

¿Así que la suma del tiempo —mi tiempo— es igual
a esta cantidad de zapatos?

Me pregunto esto bajo la luna.
 
Sobre el patio está el montículo de todos los zapatos
que fueron míos:
algunos, más recientes, los reconozco de inmediato.
Otros no.

Los hay retorcidos y extraños,
de moda pasada, que me avergüenzan,
y otros que muestran una época de mi vida
que logré olvidar.
 
Entre todos ellos,
algunos de infancia me conmueven.

Absurdamente abrazo un par de zapatos de niño:
de cuero, pulidos, casi sin usar,
esos que sólo servían para las ceremonias cívicas remotas,
donde se enjaulaban almas en la luz del día.

Todo inútil, me digo: todo este tiempo perdido.
 
Y, sin embargo,
defiendo cada aliento de mi pecho,
y quiero postergar mi muerte,
hasta resolver la pregunta.

(Ya no recuerdo la pregunta).
 
Cuando defiendo mi vida,
no defiendo causa alguna, ni propósito,
sino la posibilidad de usar más zapatos,
algunos pares más, pienso.

Entonces corro hacia mi armario y los veo:
callados, encerrados en su quimérica servidumbre.
perfectamente resentidos,
como yo.

El flautista subterráneo

Es el viejo combate entre Cristo y Bukowsky
en el que gana
una mujer con uñas de platino.
 
Ring de nervios y ojos maniáticos atados por los pájaros.
 
Viejo corazón de niño
envuelto en un campo de margaritas.
 
Ven y nace de nuevo en mis pestañas
adorable hija de la aurora
y dame tus manos mutiladas por el canto.
 
Quiero dar vueltas por aquí un rato más.
 
Luego largarme.
 
Migrar al hueso mágico
que el flautista pule
en la soledad de un parqueadero subterráneo.
 
Oscuro asesino de mis penas.
 
No te podrán condenar,
pues sólo portas mis 21 gramos.

Retrato

El cuerpo se sienta,
tose,
cruza las piernas y se tuerce,
de costado,
inclina la enorme cabeza de cera
ablandada,
rodeada de aguijones de infancia.
 
Sus labios cuelgan amoratados
por el llanto.
 
Se mira los pies,
este cuerpo,
se mira esos pies largos,
que nada dicen,
pero sobreviven a su reino de tinieblas.
 
Alza la quijada y sonríe
como un trapecista ebrio
frente a un miembro de la Policía Secreta.
 
Entonces vomita una cabeza de pez
erizada
que muerde el centro de la vida,
se enrosca,
hunde sus codos en la soledad
y con un golpe de espinazo
se encarama al ángel que lo habita.
 
Larva detenida ante la fastuosidad
del ser espiritual que la pretende.
 
El techo se acerca y amenaza
con su cascarón operático,
de piano destripado.
 
El sillón es un nido de sangre y huesos.

Matapalo

Crece sobre mí como un árbol aéreo,
Nutriéndose de mi savia.
Solo le pido que me mate de una vez por todas
Pero el me quiere agonizante,
Con un hilo de vida.
Aparato fantasmal que me sujeta
Entre sus voces,
Proclamando su nirvana de locura bajo el cielo.
 
Yo callo.
En la silenciosa penumbra de mi pecho,
Creo canciones de presos fugitivos.
Espero mi final.
Sus ramas pesan y ahogan a mis ramas.
Sus raíces entran por mis costados
Y de mis costillas beben
Un mar teñido de rabia.

Mar melancólico y último, me digo,
Mar de blanquísimos nervios helados.

¿Es esto lo que resta de mi corazón?
¿Soy este tronco retorcido
Que nutre a un ser más bello?
Y sobre mí ese manto de flores insolentes
Con el que mi parásito seduce a los viajeros.

Ciudad adentro

Tan lejos, una estrella más vieja que el Universo,
Lenta conflagración
En el cerebro
De un dios inconcebible.
Las fases del planeta
Nos son ajenas,
El tiempo y sus magnitudes nos repelen.
¿Qué nos llevó a pensar?
¿Qué nos arrojó del instante
Y nos encadenó al flujo
De las olas?
¿A esta soledad meditativa
En la que entornamos los ojos dolorosamente?
Cama de brea,
Coraza de horas,
Peso mágico.
El hombre con alas de plomo
Ama a las criaturas del firmamento,
Pero ellas no le responden.
Sólo un silencio glacial en sus párpados,
El deseo de una mirada tierna
Perlada de nubes.
Por eso construimos calles y muros,
Palacios y máquinas.
Por eso nos volvimos astutos y creamos
Dinastías, ritos y ordenanzas.
Ciudad hacia dentro
Al infinito arrebatada por los padres primigenios.
(Barbas caligráficas
Y caracoles en sus cráneos,
Oscuro vino en sus lenguas
Que pronuncian hechizos
Para calmar el grito de los niños).
Hoy es un día liviano.
Avanza por La Alameda, toma por la Patria
Y va a dar en las muecas de un árbol.
Más de veinte mil días con sus noches han pasado
Desde mi nacimiento
Y sigo en este cráneo de alquiler,
En estas piernas febriles y estos brazos
Que me prolongan mi corazón hasta el tuyo.
Loco juguete es el encuentro.
El poema —ese bello objeto mental
Doblado sobre una página— te toma,
Te demora a mi lado.
Soy un mago aprisionado en un arbusto.
Mis uñas florecen.
Mi sangre recita.
Mis brazos son las esclusas del cielo
y mi frente un risco
Donde mueren de soledad los aviadores.
¿Cuánto Dios entra en una flor de arupo?
Recuerda su color y
Quédate conmigo este segundo.
Este segundo que se pierde en la infinita suma
Del tiempo.
La belleza es el dolor de la impermanencia,
Pero este poema es una carta.
Una carta marcada
Te permite engañar al diablo.

El pozo

Me acerco al borde del pozo
Y miro dentro
Solo para comprobar que sigue vacío.
Hace días me alejé otra vez y tomé el camino,
Pero cuando el desierto amenazó tragarme
Regresé con la esperanza de que se hubiese llenado.
¡Así pierdo mi precioso tiempo!
Las ciudades se anuncian en el firmamento.
Sueño con vientos como capas de forasteros,
Barrios chinos en la luna,
Pianolas bajo nudillos ensangrentados,
Platillos insólitos.
Pero nunca termino de largarme.
Si el agua volviese al pozo.
Si el agua dijera otra vez adivinanzas
En el hueco de mi mano.
Si al agua le brotaran alas de espuma en mi pecho
Sería mi boca de nuevo
Un cuenco tibetano
Un oro
O una nuca cristalina
Que curva el tiempo sobre sí mismo.
Mas por ahora debo contentarme
Con llenar de arena el pozo
Y caminar hacia ninguna parte.

El tiempo y el río

Pierdo mi tiempo
Como se pierde una peinilla en el asiento de un taxi,
Como se pierde
Una media suelta o un tabaco.
Es demasiada cosa la vida,
Un regalo comprometedor
Dejado a la puerta
De este humilde servidor.
Salgo a caminar y lo abandono en una banca
Del parque mientras un idiota
Me sigue y grita:
¡Ey, tú, que olvidas algo!
Yo escapo entre los autos
Sin voltear a verlo,
De todas maneras:
¿Cómo abrir un regalo que no tiene
Forma o cuyo envoltorio
Son mis propios nervios?
¿Cómo devolverlo al remitente?
 
Un mago de la India imitó el truco de Houdini
Al sumergirse en un río,
Encadenado y con seis candados.
"Si soy capaz de hacerlo, es magia;
si no puedo abrirlo, es una tragedia".
En esta tarde lenta de mediados de mayo
Quiero recordar a Lahiri
Y nuestro común fracaso.
Encadenado, a tres metros de profundidad
En un sucio río
Me envías tu telepático amor
En una raga,
Mientras las flores respiran en el patio.
 
(Las flores de mi casa están al fondo del río
Donde fumo en soledad).
 
Así pasan los años y el conteo es hacia atrás.
Hacia la fresca tierra,
Hacia la madre primitiva,
Hacia ese otro patio donde un niño con pantalones cortos
Juega a saltar sobre su sombra inquieta
Que se agita sobre el cemento y lo desafía
A moverse antes que ella.