Zapatos para el fin del mundo

¿Así que la suma del tiempo —mi tiempo— es igual
a esta cantidad de zapatos?

Me pregunto esto bajo la luna.
 
Sobre el patio está el montículo de todos los zapatos
que fueron míos:
algunos, más recientes, los reconozco de inmediato.
Otros no.

Los hay retorcidos y extraños,
de moda pasada, que me avergüenzan,
y otros que muestran una época de mi vida
que logré olvidar.
 
Entre todos ellos,
algunos de infancia me conmueven.

Absurdamente abrazo un par de zapatos de niño:
de cuero, pulidos, casi sin usar,
esos que sólo servían para las ceremonias cívicas remotas,
donde se enjaulaban almas en la luz del día.

Todo inútil, me digo: todo este tiempo perdido.
 
Y, sin embargo,
defiendo cada aliento de mi pecho,
y quiero postergar mi muerte,
hasta resolver la pregunta.

(Ya no recuerdo la pregunta).
 
Cuando defiendo mi vida,
no defiendo causa alguna, ni propósito,
sino la posibilidad de usar más zapatos,
algunos pares más, pienso.

Entonces corro hacia mi armario y los veo:
callados, encerrados en su quimérica servidumbre.
perfectamente resentidos,
como yo.

El flautista subterráneo

Es el viejo combate entre Cristo y Bukowsky
en el que gana
una mujer con uñas de platino.
 
Ring de nervios y ojos maniáticos atados por los pájaros.
 
Viejo corazón de niño
envuelto en un campo de margaritas.
 
Ven y nace de nuevo en mis pestañas
adorable hija de la aurora
y dame tus manos mutiladas por el canto.
 
Quiero dar vueltas por aquí un rato más.
 
Luego largarme.
 
Migrar al hueso mágico
que el flautista pule
en la soledad de un parqueadero subterráneo.
 
Oscuro asesino de mis penas.
 
No te podrán condenar,
pues sólo portas mis 21 gramos.

Retrato

El cuerpo se sienta,
tose,
cruza las piernas y se tuerce,
de costado,
inclina la enorme cabeza de cera
ablandada,
rodeada de aguijones de infancia.
 
Sus labios cuelgan amoratados
por el llanto.
 
Se mira los pies,
este cuerpo,
se mira esos pies largos,
que nada dicen,
pero sobreviven a su reino de tinieblas.
 
Alza la quijada y sonríe
como un trapecista ebrio
frente a un miembro de la Policía Secreta.
 
Entonces vomita una cabeza de pez
erizada
que muerde el centro de la vida,
se enrosca,
hunde sus codos en la soledad
y con un golpe de espinazo
se encarama al ángel que lo habita.
 
Larva detenida ante la fastuosidad
del ser espiritual que la pretende.
 
El techo se acerca y amenaza
con su cascarón operático,
de piano destripado.
 
El sillón es un nido de sangre y huesos.

Matapalo

Crece sobre mí como un árbol aéreo,
Nutriéndose de mi savia.
Solo le pido que me mate de una vez por todas
Pero el me quiere agonizante,
Con un hilo de vida.
Aparato fantasmal que me sujeta
Entre sus voces,
Proclamando su nirvana de locura bajo el cielo.
 
Yo callo.
En la silenciosa penumbra de mi pecho,
Creo canciones de presos fugitivos.
Espero mi final.
Sus ramas pesan y ahogan a mis ramas.
Sus raíces entran por mis costados
Y de mis costillas beben
Un mar teñido de rabia.

Mar melancólico y último, me digo,
Mar de blanquísimos nervios helados.

¿Es esto lo que resta de mi corazón?
¿Soy este tronco retorcido
Que nutre a un ser más bello?
Y sobre mí ese manto de flores insolentes
Con el que mi parásito seduce a los viajeros.

Ciudad adentro

Tan lejos, una estrella más vieja que el Universo,
Lenta conflagración
En el cerebro
De un dios inconcebible.
Las fases del planeta
Nos son ajenas,
El tiempo y sus magnitudes nos repelen.
¿Qué nos llevó a pensar?
¿Qué nos arrojó del instante
Y nos encadenó al flujo
De las olas?
¿A esta soledad meditativa
En la que entornamos los ojos dolorosamente?
Cama de brea,
Coraza de horas,
Peso mágico.
El hombre con alas de plomo
Ama a las criaturas del firmamento,
Pero ellas no le responden.
Sólo un silencio glacial en sus párpados,
El deseo de una mirada tierna
Perlada de nubes.
Por eso construimos calles y muros,
Palacios y máquinas.
Por eso nos volvimos astutos y creamos
Dinastías, ritos y ordenanzas.
Ciudad hacia dentro
Al infinito arrebatada por los padres primigenios.
(Barbas caligráficas
Y caracoles en sus cráneos,
Oscuro vino en sus lenguas
Que pronuncian hechizos
Para calmar el grito de los niños).
Hoy es un día liviano.
Avanza por La Alameda, toma por la Patria
Y va a dar en las muecas de un árbol.
Más de veinte mil días con sus noches han pasado
Desde mi nacimiento
Y sigo en este cráneo de alquiler,
En estas piernas febriles y estos brazos
Que me prolongan mi corazón hasta el tuyo.
Loco juguete es el encuentro.
El poema —ese bello objeto mental
Doblado sobre una página— te toma,
Te demora a mi lado.
Soy un mago aprisionado en un arbusto.
Mis uñas florecen.
Mi sangre recita.
Mis brazos son las esclusas del cielo
y mi frente un risco
Donde mueren de soledad los aviadores.
¿Cuánto Dios entra en una flor de arupo?
Recuerda su color y
Quédate conmigo este segundo.
Este segundo que se pierde en la infinita suma
Del tiempo.
La belleza es el dolor de la impermanencia,
Pero este poema es una carta.
Una carta marcada
Te permite engañar al diablo.

El pozo

Me acerco al borde del pozo
Y miro dentro
Solo para comprobar que sigue vacío.
Hace días me alejé otra vez y tomé el camino,
Pero cuando el desierto amenazó tragarme
Regresé con la esperanza de que se hubiese llenado.
¡Así pierdo mi precioso tiempo!
Las ciudades se anuncian en el firmamento.
Sueño con vientos como capas de forasteros,
Barrios chinos en la luna,
Pianolas bajo nudillos ensangrentados,
Platillos insólitos.
Pero nunca termino de largarme.
Si el agua volviese al pozo.
Si el agua dijera otra vez adivinanzas
En el hueco de mi mano.
Si al agua le brotaran alas de espuma en mi pecho
Sería mi boca de nuevo
Un cuenco tibetano
Un oro
O una nuca cristalina
Que curva el tiempo sobre sí mismo.
Mas por ahora debo contentarme
Con llenar de arena el pozo
Y caminar hacia ninguna parte.

El tiempo y el río

Pierdo mi tiempo
Como se pierde una peinilla en el asiento de un taxi,
Como se pierde
Una media suelta o un tabaco.
Es demasiada cosa la vida,
Un regalo comprometedor
Dejado a la puerta
De este humilde servidor.
Salgo a caminar y lo abandono en una banca
Del parque mientras un idiota
Me sigue y grita:
¡Ey, tú, que olvidas algo!
Yo escapo entre los autos
Sin voltear a verlo,
De todas maneras:
¿Cómo abrir un regalo que no tiene
Forma o cuyo envoltorio
Son mis propios nervios?
¿Cómo devolverlo al remitente?
 
Un mago de la India imitó el truco de Houdini
Al sumergirse en un río,
Encadenado y con seis candados.
"Si soy capaz de hacerlo, es magia;
si no puedo abrirlo, es una tragedia".
En esta tarde lenta de mediados de mayo
Quiero recordar a Lahiri
Y nuestro común fracaso.
Encadenado, a tres metros de profundidad
En un sucio río
Me envías tu telepático amor
En una raga,
Mientras las flores respiran en el patio.
 
(Las flores de mi casa están al fondo del río
Donde fumo en soledad).
 
Así pasan los años y el conteo es hacia atrás.
Hacia la fresca tierra,
Hacia la madre primitiva,
Hacia ese otro patio donde un niño con pantalones cortos
Juega a saltar sobre su sombra inquieta
Que se agita sobre el cemento y lo desafía
A moverse antes que ella.

Biografía de un infante difunto

Era una isla infestada por las hadas.
Un reglamento diseñado por un filósofo
Con gorro de aviador.
Una promesa.
Un canon de belleza para árboles.
Una posibilidad.
El absoluto en las dendritas de un pez.
Una tristeza de sábado
Con colegiales malévolos y ratas en el río.
Todo o nada.
César o nada.
Rimbaud y Lennon entre las flores nocturnas.
Era yo sin mí.
Era bello y era tonto.
Soñando con la cintura de las hespérides
Cuando jalan el barco de diamante del mediodía.
Caminando entre el ataúd de mi abuelo
Y el parto de mi alma.
Era una cornisa con murciélagos
Y un pasamontañas
Para contrabandistas interplanetarios.
Un libro de Verne y otro de Kafka.
Un deseo sin fondo.
Una moneda bajo el agua.
Lo que podría ser (y tal vez fue).
Era un niño sometido a mutaciones incalculables
Y un cuento de Borges
Cuyas frases imitaban un cristal
Entre los dedos de Swedemborg.
Era lo que sueña y lo soñado.
La rosa de sal y el cuchillo en las entrañas del pez.
Era lo que fui, lo que soy.
Los ojos que despliegan una cartografía
Y los dedos que escriben
Esta página.
Este niño anciano que mira al sol
Desde el fondo de su calma,
Con su ración de muerte y sus costumbres
Que mañana serán las de un fantasma.
Era lo que será y lo que soy.
Lo que pronto seré.
Este pedazo de ninfa entre las patas de un dios salvaje.
Esta herida que canta.
Este misterio.
Esta pradera de apaches que cercenan
La lengua de un arcángel.

Pacto final

No es el cielo.
El cielo está vacío
Pero la tierra lo inventa con sus brazos abiertos.
Lo colma de sus muertos,
Como negras semillas en el vientre
De un poema.
El sembrador arroja signos
Al tiempo
Y regresa con un lagarto entre los brazos,
Un niño luxado,
Un billete para la ceremonia de las ausencias.
Desde este agujero te invoco,
Padre mío que estás en los vientos,
Sacrificado sea tu hijo,
Antes de nacer ya condenado a derramar la copa,
A coronarse de aforismos afilados como espolones de gallo.
Déjame morir en la ignorancia,
Bebiendo la mirada de la mujer que amo.
Abandóname sin rencores como yo te he abandonado.
No hay nada pendiente.
Estamos a mano.